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II. Arte e investigación en el ámbito académico

Mariela Yeregui

Desde el espacio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero hemos venido abordando problemáticas vinculadas a esta zona en la que la investigación, la creación, la reflexión y producción de conocimiento y tecnología confluyen, lo que nos llevó a reflexionar acerca de cómo dialogan las disciplinas y de cómo entra la tecnología en el ámbito académico. Entonces, la pregunta que surge es: ¿de qué hablamos cuando puntualizamos en la necesidad de incorporar tecnologías digitales electrónicas en el ámbito de la creación/investigación?, ¿de qué se trata esta incorporación? Más que de una incorporación creo que se trata de crear y de “hacer dialogar” y la cuestión es cómo la tecnología se integra, se aborda, se interpela, se pone en jaque dentro del ámbito universitario. Esto supone que la tecnología debería evitar toda incorporación acrítica y trascender la visión utilitaria que la circunscribe a la función de herramienta para ser usada en el quehacer profesional o en la práctica artística sin mediar cuestionamientos o preguntas. La intersección arte-tecnología supone un replanteo de los paradigmas estéticos tradicionales, una revisión de las posturas academicistas y ortodoxas en relación al arte y el comienzo de un diálogo entre la práctica artística y la investigación.

Esto es así porque las artes electrónicas suponen un enfoque que pone en relación diversas áreas del conocimiento –fundamentalmente, el arte, la ciencia y la tecnología–, proponiendo una labor que fomenta la dinámica transdisciplinaria. Dado su carácter eminentemente dialógico, el arte electrónico se ubica dentro del universo transdisciplinario puesto que configura un objeto que articula una pluralidad de lenguajes, encaramándose incluso en el terreno de la hibridez discursiva y estética. Pero, a su vez, el dialogismo se manifiesta en el hecho de que las obras proponen una experiencia que aborda diálogos fluidos con otras áreas del conocimiento.

Así, el enfoque transdisciplinario no sólo propone la integración o diálogo entre las disciplinas, sino que va más allá aún al ubicar al sujeto en el centro de la escena: es el hombre el que debe llevar a cabo un viaje integrador por el vasto y diverso océano del conocimiento. La conciencia transdisciplinaria permite, entonces, tender puentes que rompan la mirada compartimentada y liberar al sujeto de los particularismos que imponen los ghettos del conocimiento.

A la hora de pensar este campo, aparecían muchas zonas disciplinares dispersas. Lo primero que propongo es ver cómo juega la tecnología en esa heterogeneidad, pensando vinculaciones posibles y a partir de ellas, los lugares de confluencia e intersección, los nodos de reflexión desde donde construir un objeto de conocimiento o de acción, un objeto de pensamiento o de creación. Esta operación implica que partir del centro del campo disciplinar no sirve si queremos trascender la visión de “usuarios tecnológicos”: es preciso empezar desde los intersticios de entrecruzamiento. Es en estas intersecciones que la tecnología parecería un disparador, un productor y un facilitador clave. De esta forma, la pregunta tecnológica se ubicaría en la propia base del recorrido.

Resulta claro que no hay una tecnología dada, que toda tecnología viene con una carga activa, de orden corporativo, ideológico y cultural. Entonces, es vital considerar qué implica ser artista que investiga en el campo tecnológico y que produce obras cuyo sustrato es tecnológico.

En muchas de las obras que se utilizan los nuevos medios en tanto “herramienta”, el artista se constituye en un usuario tecnológico. Hay un “uso” de la tecnología, sin que esta afirmación presuponga un juicio valorativo. Sin embargo, en las obras en que el artista se vincula con la tecnología en tanto productor, se pone a la tecnología en el centro de su reflexión, no ya como una mera herramienta de creación, sino como un lenguaje que despliega mecanismos singulares desde el punto de vista estético, cognitivo y conceptual y que supone nuevas estrategias de abordaje que, en definitiva, ahondan en el estrato epistemológico donde lo que subyace, la más de las veces, es un territorio sinuoso y fértil al mismo tiempo. Trascendiendo la visión usual –en el campo de las artes y el diseño– de la tecnología como “herramienta de creación”, parto de la premisa de que hay un diálogo transversal entre el arte, la ciencia y la tecnología que no hace sino intermodificar cada uno de dichos campos. Es así que las artes electrónicas emergen como un espacio de intercambio y de interconexión de conocimientos, lo que permite articular miradas y actitudes, reflexiones y cuestionamientos en relación al individuo, la obra y su entorno.

En el caso de esta interconectividad entre áreas tan diversas como el arte, la ciencia y la tecnología –que entrañan prácticas y teorías, acción y reflexión–, el reto de emprender una dinámica de entrecruzamiento es por demás complejo. Sin embargo, el desafío no deja de ser estimulante, por un lado, y necesario, por otro. Re-pensar el campo no reside sólo en un quehacer especulativo sino que también reconfiguraría el espacio desde donde desarrollar la práctica artística, intelectual y educativa.

En este sentido, derribar las parcelas del conocimiento para hacer emerger dinámicas de creación que impliquen una imbricación mutua resulta un proceso obligado. Es importante que no sólo se pongan en juego dinámicas de acción. Tampoco que el proceso esté restringido al campo del quehacer, de la tekné. Es necesario reflexionar y tener una mirada crítica sobre el horizonte conceptual que abre caminos para diálogos que involucran a la obra como a los sujetos hacedores, de obra y de conocimiento, siendo ambos entidades indisolubles. Por ello, un enfoque que abreve en la mirada transdisciplinaria es fundamental para abordar y desplegar mecanismos que apunten a aspectos tales como la complejidad, la multidimensionalidad y la no-linealidad.

Desde una perspectiva fenomenológica, propongo que el logos no anteceda al pensamiento, sino que sugiero que es el propio pensamiento, la experimentación y la indagación la que genera conocimiento y lo materializa en objetos de creación. Parto de la base de que el objeto debe surgir a partir de la experiencia vivencial de campos relacionados transversalmente, en un entorno de diálogo intersubjetivo. El objeto es entonces la resultante de una dinámica de modelización del mundo a través de una aproximación creativa.

Durante el proceso de concepción, diseño y desarrollo de los proyectos artísticos tecnológicos, múltiples campos del conocimiento confluyen. Los periplos convocan aportes de disciplinas diversas y, muchas veces, sus hacedores hacen gala de perfiles heterogéneos y eclécticos en cuanto a su formación académica y profesional, lo que hace, muchas veces, que el proceso creativo sea más fructífero. Desde una dinámica de trabajo horizontal, lo artístico, lo tecnológico y lo científico se encuentran en una zona de franco intercambio. Modelar el universo estético de la pieza, concebir su arquitectura tecnológica –que no es sólo su concreción física sino que entraña a su vez aspectos conceptuales–, y pensar sus implicancias desde el punto de vista científico –transitando ciencias más duras hasta ciencias más blandas–, son condición de posibilidad de la propia obra. Este tipo de procesos son arduos y se extienden en el tiempo. Se emparentan mucho más con el trabajo de laboratorio que con la labor solitaria del artista en su taller.

¿Cómo amalgamar la reflexión y la experimentación artística en una relación de paridad? ; ¿cómo dar cauce a investigaciones orientadas a la práctica artística generando discursos que pongan en relación de equilibrio teoría y praxis? ¿es posible articular la investigación, la experimentación y la producción, estableciendo diálogos ricos entre diferentes esferas disciplinares? ¿es el campo del arte electrónico una caja de resonancia fértil para dar cuenta de estos cruces? Todas estas preguntas abren dimensiones posibles; todas ellas develarían posibles estrategias de acción en permanente proceso.

En el ámbito académico –más propicio para los procesos de investigación–, la práctica artística se visualiza las más de las veces como un recorrido en términos convencionales: formulación de hipótesis, recopilación de información, contrastación de la hipótesis, validación, conclusiones, etc.. Dentro de este enfoque, la contribución al avance del conocimiento que la obra plantea es un factor crucial para la investigación, reproduciendo así conceptos de raíz positivista que no hacen sino postular al progreso y a la necesidad de avance como factores esenciales del ámbito investigativo. Así, al abordar el aparato conceptual clásico es claro que resulta incompleto, insuficiente y anacrónico para dar cuenta o modelar procesos de investigación basados en la práctica artística. Para representarlos, comunicarlos, formalizarlos o sistematizarlos adecuadamente se necesitan conceptos muy distintos a los vigentes y mucho más horizontalmente interrelacionados (transdisciplinarios), capaces de articular conocimientos desde perspectivas, tal vez menos legitimadas en el ámbito académico, pero más transgresoras en relación a normas fuertemente afianzadas y naturalizadas.

Desde otra vereda, la investigación basada en la práctica artística postula que esta práctica no debería ser sometida a reglas deontológicas, puesto que el arte presupone la permanente transgresión de las normas, por lo que el alcance de una tal “práctica” se relativiza a poco de andar.

En esta coyuntura, resulta esencial reflexionar acerca de cómo sería la implementación de la investigación ligada a la práctica artística. Generalmente la investigación se configuraría como un proceso teórico-práctico, en el que confluyen tanto procesos de creación de obra, como reflexión en formato escrito. La mayor de las veces el problema reside en el hecho de que las instancias evaluatorias se apoyan y observan con mayor facilidad en el correlato escrito, dado que se ajusta más naturalmente a los estándares convencionales de la prácticas de investigación, quedando relegado el trabajo creativo a una mera ilustración. Por este motivo, es imperioso que las universidades y sus áreas de investigación correspondientes empiecen a dar forma y a conceptualizar lo que la investigación basada en la práctica artística supone. Sin embargo, el panorama que se abre es poco homogéneo –escasa bibliografía, falta de sistematización de lineamientos conceptuales o pragmáticos, ausencia de protocolización en organismos o instituciones, poca formalización de los procesos, ausencia de profesionales idóneos que evalúen o legitimen institucionalmente la investigación, etcétera–, por lo que resulta vital avanzar en la definición de ciertos lineamientos generales.

Habría tres aspectos desde donde pensar lo distintivo de este tipo de investigación en relación a la tradicional investigación científica:

  1. ¿Cuál es el objeto en la investigación basada en la práctica artística y en qué se diferencia con otro tipo de investigación?
  2. ¿Qué clase de conocimientos compromete la práctica artística y en qué medida se relacionan con campos de conocimientos consolidados?
  3. ¿Qué métodos y técnicas se utilizan y en qué se diferencian de otros campos del conocimiento?


Al avanzar en el estudio de las prácticas de investigación en el campo del arte, y al particularizar en el universo de las prácticas tecnológicas, resulta esencial reflexionar acerca de cómo sería la implementación de la investigación ligada a la práctica artística incorporando las peculiaridades de acción de la praxis electrónica. Generalmente la investigación se configuraría como un proceso teórico-práctico, en el que confluyen tanto procesos de creación de obra, como reflexión en formato escrito. Sin embargo, en el caso de la investigación basada en la práctica artístico-electrónica la confluencia transversal de diversos campos, su epistemología delinearía diversas complejidades.

Dado que el arte electrónico supone una relación entre ciencia, arte y tecnología, lo que implica una situación intersticial propia de las prácticas y del pensamiento transdisciplinarios, ¿cómo definir y visualizar este aparato epistemológico?, ¿cuáles son los rasgos diferenciales en relación a otras prácticas en el dominio del arte-investigación?

Es así que surge la necesidad de abordar dos aspectos sólidamente unidos y que comportan elementos indiciales para abordar una metodología de análisis y de reflexión. Ellos son:

  • La PRAXIS. En tanto conjunto de operaciones exploratorias y experimentales a través de herramientas, materiales y lenguajes, en el marco de un proceso de creación. Llamo proceso a un conjunto de acciones guiadas por una pregunta desafiante cuyas instancias parciales de búsqueda de respuesta están signadas por estrategias especialmente diseñadas.
  • La REFLEXIÓN. Como fuera señalado precedentemente, esta reflexión es una instancia indisoluble de la praxis. No se reflexiona a posteriori –en cuyo caso el discurso opera como ilustración de una obra–, ni tampoco a priori, en cuyo caso la obra ilustraría al discurso. La reflexión es una parte de la praxis y, al mismo tiempo, se acciona a partir de las ideas.


El nudo gordiano de la problemática –¿cómo amalgamar la reflexión y la experimentación artística en una relación de paridad?; ¿es posible pensar en una metodología específica?; ¿cómo sistematizar las investigaciones orientadas a la práctica artística generando instrumentos que pongan en relación de equilibrio teoría y praxis?, etc.– puede encontrar un territorio de prueba y examen en la experiencia de los artistas electrónicos.

El desafío es interpelar a las tecnologías desde el rol de sujetos-productores, elaborando trayectos de pensamiento y creación que supongan trascender las contingencias de las herramientas digitales. Esto lo que nos propusimos al abordar esta problemática en un ámbito académico. No se trata de formalizar procesos educativos basados en la idea de transmisión. Se trata, por el contrario, de generar miradas que apunten a la creación integral de lenguajes tecnológicos, con una fuerte base en la investigación y que trasciendan los devenires del sinnúmero de herramientas tecnológicas que tenemos hoy a nuestra disposición. Por otra parte, las herramientas caducan más o menos rápidamente.

Son importantes en nuestro ámbito los procesos de pensamiento y de creación en un sentido no de aplicación de saberes o tecnologías sino en una dirección que apunte a la producción de lenguajes y de discursos (artísticos y teóricos). Así, más que institucionalizar un deber-ser de la investigación, bajo pautas que estructuran y uniformizan los procesos de construcción de conocimiento, desde nuestro espacio académico nos proponemos crear un marco a partir del cual poder dar cuenta de nuevas formas de abordaje de los procesos de pensamiento y creación, de reflexión y de praxis, atravesados fuertemente por los paradigmas digitales. He aquí nuestro desafío.